Hay tradiciones que no aparecen en los programas oficiales, pero que anuncian la llegada de la Semana Santa con la misma fuerza que cualquier procesión. En Villarrobledo, una de ellas se vive dentro de las casas, alrededor de una sartén, harina, aceite y muchas manos dispuestas a trabajar. Son las tortas fritas, un dulce típico que, generación tras generación, sigue reuniendo a familias enteras para mantener viva la costumbre.
Madres, hijas y nietas comparten mesa, recetas y recuerdos mientras amasan, cortan y fríen, repitiendo los mismos gestos que aprendieron de sus mayores. No hay medidas exactas ni secretos escritos, todo se transmite mirando, ayudando y probando, como se ha hecho siempre.

La cocina se convierte en punto de encuentro y también en lugar de conversación, risas y anécdotas. Mientras unas preparan la masa, otras se encargan de la sartén, vigilando que cada torta salga en su punto, dorada y crujiente. Después llegan el azúcar, los platos llenos y, por supuesto, la obligación de probarlas antes de que se enfríen.
Más allá del sabor, las tortas fritas forman parte de la identidad de la Semana Santa villarrobledense. Son el recuerdo de la infancia, de las abuelas cocinando, de las tardes largas en familia y de una forma de vivir estas fechas que se resiste a desaparecer pese al paso de los años. Y es que en estos días no hace falta entrar en una casa para saber que la tradición sigue viva. Si estos días pasean por la calle y les viene un olor a dulce, es porque las calles ya huelen a tortas fritas y la ropa, a pringue.